lunes, 13 de febrero de 2012


CUANDO UNO SE PONE DE IRRESPONSABLE A ESCUCHAR THE DOORS A TODO VOLUMEN.






La vida del rockstar (alquimista de la música)


Entonces no quiero parar de escuchar The Doors. Me retracto mentalmente de todo el plan maquinado y quiero a Morrison encima mío baby, ven y prende mi fuego (that face in the mirror wont go, that girl on the window wont drop) nadie hace nada. Nadie hace nada que los demás esperan que haga. Hombre de bien, mujer respetable. ¿Señora? Jamás, así ya no quiera salir a la calle y el trago me destruya. Joven forever, esa es la vida del rockstar, la juventud eterna. El rock, cuando se descubre en su pura esencia, es el elixir de la eterna juventud, la dichosa piedra filosofal. Los rockeros son los alquimistas de la música entonces, en un proceso que requiere de viajes psicodélicos, arrojadas a una piscina desde un noveno piso, aprender a construir una máquina para hacer pájaros que encienda Bubalina todas las mañanas; para ser rockero se tiene que estar dispuesto a todo: mil chicas en tu cama con diminutas tangas y tetas perfectas, limosinas con Jack Daniel´s Old No. 5, Tennessi special, setenta mil personas cantando tus canciones muriéndose por tocarte. Pero la juventud eterna es un visaje, un yugo, un peso que se tiene que cargar por siempre. Vivir atormentado de sentido, esta sí es la parte más pesada, por eso mueren jóvenes, a los 27, los días que son suficientes para vivir, si se sabe cómo, todas las cosas que se pueden vivir en cinco vidas.


Como Hippie en Woodstock (let it roll, baby roll)


Ahora suena Roadhouse Blues, más enérgica y menos depresiva y no sé porque me dio por escribir tan frenética, aunque también me dieron ganas de bailar, bailar así, descachalandrada con la melena revolcada en colores de flores que se derriten en una pradera de pasto ocre en un barrial, así me imagino Woodstock, una pradera gigante con colores en el cielo y algunos charquitos que forman lodo, y yo ahí , con un vestido habano untada de barro seco bailando a lo que da let it roll baby roll, all night long. Toda la puta noche, yeah!


Jinetes en la tormenta, atrapen al asesino y dejen a los niños jugar.
Nacimos en esta casa, en este mundo nos arrojaron. Lidiar con la existencia es cosa seria. La música es el refugio para esa tormenta, hay que ser un jinete del camino . pero es peligroso también, acumula mucho sentido, mucha sensibilidad y así como puede liberar, puede condenar. Puede llevar a alguien a escribir la canción más triste del mundo donde prediga un final, beautiful friend, un final de todos los planes elaborados, de todo lo que está en pie, el fin, no hay salvación, pero tampoco sorpresa, el fin, y nunca volveré a mirarte a los ojos. El final que carece de límites y es libertad. Poeta, Morrison poeta, borracho, insolente y bello, caminando retrechero por el metro de París cantando alguna canción triste con las guitarras viejas de los clocachards mientras se bogaba cualquier trago barato. Era un irresponsable por escribir esas canciones tan densas.


El día que me comí el primer ácido vi música. Y era morada.


Sacrificar tu salud mental, renal, arterial, cardiaca, linfática etc, etc, hace parte del valiente y difícil oficio del rockstar, por eso no son muchos los que existen. La relación entre la musa y el poeta sólo se logra en un trance psicodélico que dura unas ocho horas. LSD es la herramienta para lograr el acceso a ese mundo de sinestesia donde la música es, en uno sólo, los cinco sentidos. Se oye, se siente, se saborea, se ve y se huele. El día que lo probé, todo se puso violeta (and the sky was made of amethyst, and all the stars looked just like Little fish). La ansiedad de la espera fue un poco perturbadora. No sabía qué me iba a pasar, sólo tenía claro que iba a ver ese mundo que sólo ven los rockers, esa sinestesia, conjugación de sentidos, resabiados, porque de ahí hasta el final, lo que se venga y cómo se venga, y olvídese del miedo; en realidad, casi nada se puede controlar. Después, cuando fui al concierto de Roger Waters en su gira The Dark Side of the Moon, la pantalla proyectora que mostraba la imagen de una negra cantando The Great Gig in the Sky con la luna llena de fondo y un filtro morado, me di cuenta que la música es morada. No en vano Roger eligió este color. Dicen que todos los colores juntos hacen el negro. Yo creo que todos los colores del mundo juntos hacen el morado, y en los colores del mundo está ella, musa eterna de canciones tristes, mi amiga y archienemiga que me grita toda la verdad en la cara. Música, compañera eterna en este y todos los viaje. Todos los sonidos del mundo juntos hacen el morado, este es un poco más oscuro. Es saludable comer morado al desayuno, después, también, y por la noche, aún mejor. Que todos cierren los ojos y sólo puedan ver morado. El ritmo que crea el latido del corazón no es nada más que el baile del alma. Cuando uno está agitado es porque hay una parranda en ese mango. Por eso la cocaína, para acelerar el ritmo y formar una parranda.


La vida del rocker siempre es fugaz, un poco solitaria, un poco vuelta mierda. Más que nada es inconclusa, como quedará este artículo. Porque rocker que se respete no ha dejado nada terminado. Sólo vacío, lágrimas de gruppie y sobretodo…silencio.

martes, 12 de abril de 2011

SESIONES DE PSICOTERAPIA Creación de personajes DE FICCIÓN.

¿Estas cansada en las mañanas?
Te diré qué tan cansada estoy yo. Te diría que estoy cansada de tanto estudiar, de tantos datos desarticulados acumulados en mi cabeza. También te podría decir que estoy cansada de trabajar, de levantarme todas las mañanas a una misma hora y cumplir una rutina en una aburrida oficina. Otra opción, y una más optimista por supuesto, sería decirte que me tiene cansada hacer siempre lo que quiero, efectuar mis metas y ver cómo se van esfumando los sueños mientras se van cumpliendo. Te mentiría. La verdad es que sí, estoy muy cansada. Estoy cansada de esperar momentos que nunca van a llegar. Por ejemplo, me hastía esperar que llegue el día en el que voy a tener una gran idea, el momento en el que todas la cosas que tanto me gustan, pero a las que temo enfrentarme, van a lograr articularse y voy a crear una obra maestra. Otra más ambiciosa, pero tal vez la que más me gusta, es esperar el día en el que voy a tener una banda de rock, le voy a cantar a setenta mil personas y todos me aplaudirían mientras yo paso una borrachera de Jack Daniels y un poco más de ego. Pero la verdad, lo que más espero no es tan inalcanzable; espero ver entrar por la puerta de mi cuarto a aquel idiota que me dejó cantando melodías melodramáticas sobre una chica a la que le rompieron el corazón en mil pedazos y no los ha podido recuperar. Ese idiota que desde que se fue, no me ha dejado dormir en paz.

¿Cuántas horas de sueño tuviste anoche?
Debo decir que soy muy mala para dormir, por eso me encanta salir en la noche. Pocos sabemos lo que estar en vela, mirando el techo, cambiando de posición cada minuto y medio escuchando los ruidos de la noche, que a largo plazo van causando paranoia. Todo buen sonámbulo lo sabe. Pocos sabemos tan bien lo que es mirar el reloj despertador en cortos intervalos de tiempo con la esperanza de que sean las 4:30 a.m., o en efecto, las 5:00, cuando uno sabe que ya casi va a amanece, pero en realidad no ha pasado más de media hora después de la última volteada a la mesa de noche para cerciorarse que sólo son las 2:00.

Creo que esta condición de espera, de divagar mientras se alcanza un único objetivo (en este caso, dormir), me ha convertido en una persona impuntual, no sólo en el sentido de llegar tarde, porque claro, el cuerpo sigue siendo el cuerpo, y por supuesto, a veces estoy muy cansada, sino también en el sentido que le doy muchas vueltas a las cosas. Por ejemplo, alguien me hace una pregunta y yo doy un largo discurso antes de responder lo concreto.

A propósito de eso de estar cansada, anoche sólo dormí una hora y 45 minutos, y debo decir, no sé cómo hago para mantenerme en pie y tener tanta energía, más que muchas, porque eso sí, no es si no que alguien me llame a pintarme plan para que yo esté parada, dispuesta para seguirle la cuerda al que quiera.

¿Camina dormida?
A veces hago cosas que en realidad no quisiera hacer. En repetidas ocasiones lo recuerdo a él, casi siempre pasa en las noches; es por eso que no puedo dormir, porque me lleno de nostalgia, de ganas de tenerlo aquí, conmigo, pero ¿qué puede hacer uno cuando esa persona no quiere venir?

Algunos como yo, se quedan despiertos por culpa de la ansiedad, pero con el paso del tiempo, y al ver que esta situación no cambia se desarrolla un mecanismo de defensa. En mi caso, salgo a caminar a la calle sin rumbo fijo a ver a quién me encuentro por ahí, a tomarme una cerveza por la sexta, y por fortuna, salvo los domingos, siempre hay noctámbulos como yo que también buscan una cerveza y un viento sereno que refresque los sueños, aunque miento, las personas como nosotros no soñamos. No soñamos porque no dormimos.

Podría decir que camino dormida. Puedo aparentemente estar despierta, pero mi espíritu en realidad duerme. Yo más bien ando como un zombie, muerta en vida. He aprendido a matar algunos sentimientos como el miedo, no cualquier mujer sale sola a la calle, impávida. Ya los de la zona saben quién soy, la sonámbula de Santa Mónica que rondea en las noches las calles, cuando la mayoría ya duermen, cuando lo único que queda son escombros de la rumba, energías muy pesadas y casi no pasa ni un carro.

He visto muchas veces cómo se acaba la noche y comienza la mañana. No tiene que ser de noche para dormir.

¿Se duerme de día sin querer hacerlo?
A veces me duermo de día sin querer. Estoy realizando una actividad y de un momento a otro reacciono y tengo mi cara apoyada en una mesa, por ejemplo. Son lapsos cortos pero muy profundos y siempre me levanto sobresaltada, como si tuviera una pesadilla; aunque no me cuesta trabajo reincorporarme, cuando lo hago no recuerdo los malos sueños que me exaltan. Tampñoco recuerdo los buenos. He comprado atrapasueños, pongo raíces de mandrágora debajo de la almohada e incluso he llegado a rezarle a la luna. No funciona.

El día es duro, siento que me veo más fea, como que los detalles de desgaste se notan más. La noche trae consigo la oscuridad y bueno, esa es una buena licencia para poder obrar a las escondidas, pero igual, el día me gusta, y más salir a caminar y sentir esa brisa de las cinco y media de la tarde que menea las palmeras que en vez del mar, bordean el asfalto, en una ciudad que suena a trompeta y huele a sal. Por cualquier tienda que uno pase escucha una canción diferente y no miento, a veces me da nostalgia porque me acuerdo de cierta persona. Es ahí cuando pase lo que pase, sigo caminando, prendo un cigarrillo y me pongo las gafas para poder llorar sin que nadie se dé cuenta, porque eso sí, la primera regla de la calle es nunca mostrar debilidad.

¿Cuál es su mejor hora del día?
Hay un memento que guardo con recelo en mi memoria, que nunca quiero olvidar porque remitirme a él me hace sentir, al menos por un instante, tranquila; es el recuerdo del último día que recuerde que realmente fui feliz.
El mejor momento de mis días es cada que se me viene esa imagen a mi cabeza. Nunca fue tan placentero estar despierta, cogerse la cabeza y cerrar los ojos, cerrar los ojos sin dormirse y sentir el agua en los pies, en un vaivén sincronizado con el latido del corazón, fue la última vez, y debo decir que la única, que no me he acordado de él desde que se fue llevándose mis sueños.
No duermo para no soñar, por eso siempre me veo cansada triste.

domingo, 13 de febrero de 2011

Jim no ha muerto, lo que pasa es que huele raro (Rafael Chaparro Madiedo)


La noche que murió Jim Morrison la gente, vecinos, aseguraron haber visto bajarse del metro, en la estación cerca donde vivía el ex Doors, a un indio navajo anciano, que fumaba un apestoso tabaco negro y murmuraba palabras extrañas, inaudibles, palabras tal vez mágicas. El anciano indio navajo tomó la acera y salió a la superficia y merodeó el apartamwnro donde Jim Morrison vivía exiliado con su novia, apartamento de donde casi no salía porque estaba dedicado a la lectura indiscriminada de los mejores poetas franceses y la sobredosis era pero de Rimabud, Nerval, Baudelaire, etc. El anciano indio navajo miró hacia la luz donde vivían los Morrison y después se lo tragó tal vez la multitud, tal vez el calor del verano, tal vez las pequeñas luces alucinatorias de París en un caluroso mes de julio.

Esa madrugada, 3 de julio de 1971, hacia las 5, Jim Morrison murió y algunos clochards amigos de Morrison, y con los cuales éste se ponía a tomar vino en la estación del metro de cuando en cuando, aseguraron que esa mañana vieron otra vez al indio navajo pasar por la estación del metro acompañado de Jim, pero que éste no los saludó a pesar de que los clochards insistentemente lo saludaron y le recordaron la cita de esa semana para tomar vino barato, jugar dados, cantar antiguas canciones francesas y cantar la canción que más le gustaba a Morrison cuando estaba ebrio: LIght my Fire. Alguna vez Morrison había dicho que las mejores canciones de los Doors no debían ser cantadas en un concierto en Miami frente a sesenta mil personas, sino que debía ser cantada por los clochards borrachos del metro de París a la una de la mañana y caídos de la perra.

Esa madrugada el indio navajo de la muerte se llevóa Morrison para siempre. Lo montó en el metro y después se lo llevó por el oscuro túnel de la incertidumbre eterna.

Desde ese día los clochards amigos de Morrison se fueron muriendo de pena moral. Uno a uno fueron recogidos en las noches por el indio navajo de la muerte. Al cabo de un año ya nadie cantaba sus canciones con el aliento a vino rojo barato en las estaciones de París a las dos de la mañana, pero el mito se había encendido en otra parte, el cementerio Père Lachaise, división sexta, es decir donde estaba enterrado Jim Morrison.

Jim está por aquí, baby

Para llegar al cemeterio Père Lachaise hay que coger el metro, dirección Gallieni y bajarse en el Père Lachaise. Apenas se sale del metro, uno sabe que ha llegado definitivamente a otro planeta. En el bulevar Mènnilmontat los árboles se reúnen en grupos de tres o de a cuatro y fuman. A su lado los viejos perros pastores alemanes con las pulgas más viejas de París a sus espaldas deambulan como alucinados por entre las mareas de Gauloise, que impregna todo el bulevar y hace navegar a los árboles y a la gente en un sopor particular, en una nube alucinógena rota a la distancia por el ruido del metro, las sirenas de la policía, los cantantes que se paran en la boca oscura del metro, y el ruido de los bares.

Sin embargo uno sabe que está cerca de Jim Morrison por diversas razones. Cuando se baja, por ejemplo, en la estación Trocadero, cerca de la torre Eiffel, todo es distinto. Por allí en Trocadero abundan los perfumes discretos, las cámaras de cuatro lentes, las jaurías de japoneses y alemanes. En cambio, en la estación Père Lachaise lo primero que encuentras son perfumes indiscretos y si delante de uno hay una chica que camina descalsa y lleva el pelo desordenado y una rosa en la mano con toda seguridad va a visitar a James Douglas Morrison.

Toda clase de seres van a visitar a Jim. Pero en su mayoría son chicas, las chicas más bellas del universo, que vienen como sacerdotisas de la heroína y del whisky y le ofrecen sus ojos, le ofrecen sus tetas, sus manos, sus dientes, su cuerpo entero a Morrison.

El desfile empieza a las nueve de la mañana y a a esa hora cuando el aire está impreganado de mierda triste de triste paloma y por entre los árboles del cementerio de filtra ese olor a huesos con sangre antigua, las chicas, las devotas de Morrison empiezan a llegar y se dirigen a la sexta división del cementerio. A medida que uno se acerca va viendo flechas que dicen "JIm está por aquí, baby" y entonces por entre las tumbas se empieza a escuchar esa vieja canción que dice "vamos al bar de whiskey más cercano porque si no moriremos...vamos al bar de whiskey más cercano..."

Entonces se acerca a la tumba de Morrison, la única tumba vigilada, pues en dos ocasiones se robaron su busto (en este momento sólo hay una placa con su nombre) y le botan cigarrillos con inscripciones que dicen "fúmame toda Jim" o "para que no te aburras allá". Otras más atrevidas le botan tabaquitos de hash o riegan whiskey, mientras la policía, que no entiende tanta devoción, las sacan a empellones.

Whiskey, sangre, huesos, heroina

Mientras las chicas de todo el universo le riegan whiskey a Jim Morrison el aire empieza a oler a un olor particular. Cerca la tumba de Morrison hay un olor mezclado a lluvia, orines, sangre, whiskey y heroína. Es olor de aquel que nunca han dejado en paz. Los clochards de la estación Père Lachaise dicen que hay noches donde les parce oir la voz de Jim Morrison gritando cada vez que pasa el metro que no le jodan más la vida. Otros clochards dicen que a veces también, sobre todo en el verano, se le escucha cagado de la risa, al, saber que otra vez va a venir a visitarlo el ejército más hermoso del universo, ese ejército de alemanas, españolas, de sudacas, de suecas, de inglesas, de gringas despistadas que se toman un sorbo de whiskey sentadas en el borde de la tumba mientras el sol revienta en sus cabellos tristes.

En todo caso cuando todo el mundo se va, cuando se cierra el cementerio, a las cinco de la tarde, los espíritus quedan otra vez en sociego, pero solamente en una tumba hay flores, whiskey y cigarrillos para toda la eternidad. Sólamente en una tumba un muerto está sentado en el borde de su tumba con un cigarrillo en los labios, una botella de whiskey, cantando hasta el amanecer, cuando llega el viejo indio navajo, le acaricia la frente, le limpia las lágrimas y lo manda a dormir un rato.

Por eso la gente que sabe dice que Jim Morrison no está muerto, lo que pasa es que huele un poco raro.

Rafael Chaparro Madiedo. La prensa, 11 de febrero de 1994 p. 5

jueves, 10 de febrero de 2011

Este va para todos aquelloa amantes de David Bowie, que algún día han querido nunca jamás volver a salir de su cuarto mientras sienten mucho odio.


Ray Loriga, Héroe posmoderno


“Si me preguntas a mí, te diré que no me gusta como están las
cosas, pero tampoco tengo intención de entrometerme.
Por ahora sólo quiero estar encerrado.”

Hablar del autor Ray Loriga no sólo nos remite a pensar en el irreverente escritor madrileño, rebelde por naturaleza, provocador, amante del rock and roll, director de cine, guionista y ex marido de Cristina Rosenvinge, vocalista de la famosa agrupación española Cristina y los subterráneos, nos obliga a pensar en un autor lleno de sensibilidad, angustia, libertad y desinhibición. Hijo del ilustrador José Antonio Loriga, y la actriz de doblaje Mari Luz Torreva, nació en el año de 1967 en un contexto fuertemente marcado por un movimiento de la juventud, influenciado por el Rock and Roll y un espíritu antibélico pero rebelde, que por fin conquistaba sus derechos. De los años del Verano del Amor, Loriga adoptó grandes rasgos de su personalidad, como el gusto por David Bowie, John Lennon y The Velvet Underground, además, un estilo literario muy particular manifestado en un ismo representado por autores como Charles Bukowisky y Jack Kerouak, la Generación Beat.

En el año de 1992 se publica su primera novela, Lo peor de todo, recibiendo una muy buena crítica; pero es Héroes (1993) el libro que le valió más reconocimiento, y, a propósito, se analizará en la siguiente reseña.

Héroes cuenta la historia de un chico que se encierra en su cuarto para alejarse de un mundo que poco le gusta, y adentrarse en una labor introspectiva, en sus sueños de rock and roll. Así, la novela es narrada en primera persona por un narrador autodiegético, razón por la que prima un tono subjetivo con una focalización introspectiva lograda con un lenguaje asertivo y coloquial, que en ocasiones toma matices poéticos. En el proceso de encierro, Loriga va perfilando un personaje fragmentado, con una identidad híbrida, transitoria e inestable, que representa a una generación golpeada por la guerra, una sociedad nihilista de consumo, y alienada, síntoma de esto, la falta de identidad. Existe una necesidad subjetiva de querer expresarse para aliviar el dolor, siendo un personaje existencialista, pero no de la escuela de Sartre o Camus, ya que no manifiesta una angustia por la libertad y el absurdo de la existencia, sino más bien una gran resignación y desarraigo, un confrontamiento consigo mismo y una realidad desalentadora y con pocas esperanzas.

Aunque a lo largo del relato el narrador menciona la existencia de más personajes dentro de la narración, éstos son incidentales en el sentido que no tienen trascendencia dramática dentro de la diégesis, sino que hacen parte de las anécdotas del protagonista, quien en realidad sólo narra acciones manifestadas a manera de recuerdo, como anhelo y rencor por un tiempo pasado. La novela es entonces una bitácora, un diario lleno de vivencias y pensamientos, lo que va definiendo la forma como se narra la novela, en la que sobre todo, prima la intención de expresarse. De ahí el recurso del monólogo, en el que el personaje hace preguntas que él mismo responde: “(…) ¿Qué hacías antes?/ Antes tenía un trabajo. Me refiero a uno de esos trabajos ue atan los días y los hacen iguales, como dos minutos sentado en el mismo banco son sólo uno (…)”

Se pierda el esquema de la novela clásica: introducción, nudo y desenlace, el cual pierde sentido, ya que la asociación prima sobre la causalidad. Por tanto, no hay una trama definida y esto expone un conflicto central sobre el cual gira la historia de la novela, que se podría definir como el encierro de un joven causado por el desarraigo hacia un mundo que ya no es igual, un mundo que ya no le pertenece y en el que no quiere vivir. Mediante asociaciones desde la semejanza con otras situaciones se alude a situaciones anecdóticas de un tiempo pasado que han influenciado el momento de catarsis en el que se encuentra el protagonista. Debido a la ruptura de la trama, no hay un final como tal, ya que no se da solución al conflicto. Si bien, como se mencionó anteriormente, la temática es el encierro de un chico desarraigado, ésta es en ocasiones opacada por reflexiones personales del personaje o por la inserción de historias yuxtapuestas. Prima más la intención de plasmar una experiencia que las convenciones lingüísticas, gramaticales y semánticas. “La debilidad de las argumentaciones de estos autores no sólo proviene de su autodenominación como pensamiento débil, tanto por las contradicciones que representan. Contradicciones que surgen no tanto de su lógica argumentativa sino de su posición anti-ilustrada”(Blanca Muñoz). Esta falta de argumentación no le quita valor estético a la novela, sólo refleja el valor postmoderno que muestra la experiencia estética, más que la experiencia de una estructura aprobada.

La forma como se cuenta la novela imposibilita un análisis literario tradicional; se hace difícil una reconstrucción de este tipo de personajes, quienes no buscan fines ni ideales, ya que carecen de proyectos por la falta de identidad. El protagonista de la novela carece de identificación con su cultura local, una cultura afligida por una marcada Guerra Civil; una cultura consumista y nihilista, caracterizada por un fuerte hedonismo manifestado mediante las drogas y la indiferencia. Si bien el plan del personaje es el encierro, este carece de una finalidad ya que no hay una confrontación directa, sino más bien una espera, un vagabundeo en una parálisis psicológica, en la que el personaje se ve estancado, y al parecer, esta condición perdurará en un tiempo muerto. La inestabilidad y la angustia referidas anteriormente se evidencian mediante recorridos discontinuos, saltos temporales no como una técnica sino como un recurso emocional, reflejo de la inestabilidad emocional del sujeto. No hay cómo reconocer a los personajes en una secuencia lógica.

El texto funciona así como un sueño, además de su carga onírica, a la que el lector tiene que acomodarse para poderle dar sentido. Leer Héroes es entonces como introducirse en un sueño, en donde la causalidad se reemplaza por la casualidad. Los sueños dan cuenta acerca de una cultura de masas, ya que en estos, la mayoría de veces, el personaje sueña con íconos del Rock and roll como John Lennon, Lou Reed y David Bowie. Estos repetidos sueños también dan una noción de temporalidad, ya que muestra el paso de los días, ya que la noche es el espacio para dormir. En el día, el protagonista ve televisión y escucha música, en la noche sueña. Así pasan sus días. La música y los sueños dan un ritmo a la narración. Se salta de un eje temático a otro, de lo que ocurre en un recuerdo a lo que ocurre en la inmediatez, o a un sueño. La narración es en pasado y en presente. El pasado determina a los recuerdos y los sueños: “(…) Estaba perdido en el Central Park, sabía que era un sueño porque yo nunca había estado ahí. Un par de años después, estuve en Nueva York y me acordé de este sueño (…)” El manejo del presente da cuenta de los monólogos cuestionadores del personaje, y en ocasiones se recurre al infinitivo: “(…) La chica dice quiero saber cuándo deja de hacer daño. Todos hemos estado bebiendo y tomando centraminas (…)"

Repetidamente se alude a la velocidad, la velocidad de una época en la que no hay tiempo. Verbos como correr, de prisa, y adverbios como veloz, son frecuentes en el lenguaje, referentes de algunas canciones de sus ídolos, como podría ser Run, Run, Run de The Velvet Underground, agrupación de Lou Reed, artista con el que sueña y al que admira.

La novela, tal vez cumbre del escritor español Ray Loriga, Héroes , relata el encierro de un joven como una salida sin una meta fijada, un encierro sin un fin definido. Es un personaje impredecible, que más que por causalidad, actúa por casualidad. Así, de esta misma forma funciona su discurso que se acerca mucho a lo que es un sueño, haciendo limitado el recorrido espacio temporal, ya que, aunque la novela se desarrolla dentro de la habitación, las acciones que se relatan de manera onírica o anecdótica, se van perdiendo en una línea difícil de sondear. El discurso introspectivo, irreverente, musical y crítico está lleno de historias yuxtapuestas que nunca se desarrollan del todo, quedan inconclusas, al igual que la novela. Prima la individualidad del personaje en un discurso coloquial pero poético, que más que lleno de figuras literarias, logra su estética mediante anécdotas a las que se alude por analogía. No hay una trama definida ni un final cerrado, logrando en el lector un acompañamiento al encierro de un protagonista con el que, a manera de experiencia, uno logra identificarse. La honestidad del discurso, la manera como logra decir de una manera asertiva todas aquellas cosas que pensamos pero callamos porque no encontramos las palabras para expresarlo. El recurso de la música también genera un acercamiento entre el lector con el narrador, y como se mencionó anteriormente, leer Héroes es como sumergirse en un sueño, en el que podemos transgredir las leyes físicas espacio-temporales, e incluso entrar a un universo donde que trasciende la muerte, un lugar donde es posible encontrarse con Bowie, Reed y Lennon.

“Podemos conducir tan deprisa que ni las penas ni los días pueden seguirnos,
Pero no los encontraremos todos juntos en la segunda vuelta.”

martes, 6 de julio de 2010

ANTOLOGÍA DE SONRISAS FINGIDAS.

Un acercamiento a la Ficción.

ADRIANA


Es que me cansa que todo el tiempo me estén mirando. Yo le juro que no me pongo esas falditas adrede, con la intención de ser mirada. ¿Qué hago? Esas son las que más me gustan. Siempre que llego a un lugar con mis amigas tengo que lidiar con varios Don Juanes, y yo me pregunto ¿por qué sólo a mí me tienen que asediar? No digo mentiras, al principio me gusta, que me miren sólo a mí, ni un reojo para las demás; pero a medida que pasa la noche y las botellas en la mesa van quedando vacías, los comentarios se tornan pesados. Se pelean por mí, me gritan cualquier tipo de obscenidades y hasta intentan tocarme las piernas. Esas sí son sagradas, y es que claro, cómo no quisieran tocarlas si se asoman tímidamente por la falda pronunciándose marcadamente como si fueran eternas hasta llegar al tacón. Igual, no necesito casi usar tacones, mis 1.75 metros de alto hacen redundante el uso de cualquier tipo de plataforma. Igual los uso, me encantan, y tengo una extensa colección, rojos, marrones, cafés, azules, rosados y cualquier color imaginable.
Siempre me ha gustado mi pelo castaño, eso de ser mona ya está muy trillado y ni qué decir de los ojos azules. ¿Qué va? Eso es puro fetiche burgués en su intento pseudo europeo. Yo soy feliz así, toda una morenaza, oji negra y peli castaña, y que alguien diga algo, que alguien se atreva a reprochar a ver quién es la que se levanta más en la pista, quien es la que mejor baila y además con la que todos quisieran bailar. Es que las monas no tienen sabor, pálidas, insípidas, parecen salamandras despigmentadas, mujer salamandra, mujer lagarto. Ellas llegan a una disco en sus carros y con sus pintas iguales, yo podré no estar a la última moda, no quedarme diez horas en el tocador arreglándome, pero eso sí, vamos a ver si las miran tanto como a mí, como a mí que tengo el culo intacto, paradito donde debe estar, y ni qué decir de cómo lo sé mover, mejor que cualquier mona, mujer inmóvil, mujer lagarto. Y es que se les nota la rabia cuando me ven bailando, porque el lugar queda en silencio mientras yo me muevo feliz, porque sus galanes también rubios pseudo europeos, hombre inmóvil, hombre salamandro, se quedan mirándome sólo a mí, se olvidan de ellas, de las diez horas de tocador, del pelo mono made in Colombia pseudo europeo.
Ya quisieran ser como yo, caminar por la calle con ese movimiento de cadera pronunciado que tanto me caracteriza mientras el viento menea mi pelo que emana ese olor a fruticas que a todos los enloquece. Y sí, digo a todos, porque hasta he pillado chicas que no pueden resistirse a mis encantos, paso por su lado con mi sonrisa coqueta, y a veces que me da por voltearme las pillo mirándome mientras se alejan.

VIOLETA


23. Esos son, y no crea que los cumplí hace rato. No, recién cumplidos en agosto. Dicen que en agosto el viento sopla más fuerte. Creo que esa es una gran mentira, es solo una falacia creada por los vendedores de cometas para literalmente “hacerse el agosto”. Yo prefiero octubre, que llueve como un verraco. Me gustaría vivir en una ciudad con estaciones, y poder salir a la calle a recoger esas hojitas con varios picos, esas como las de la bandera de Canadá, creo que son de Maple. Lo único que no me aguanto de ese frío y de la lluvia es que la gente no sale de sus casas, uno no ve ni a una pinta por ahí, salvo los mismos vagos que uno siempre se encentra, y pues uno se canse de lo mismo: sentarse en un andén, fumar marihuana venteada y tomar chorro, ese tal Néctar Club. Siempre soy la última mujer en irse a la casa, la última en emborracharse y eso le encanta a los chicos. A mí me gusta uno que otro, pero yo ya idealicé el amor con uno y me pagó mal. Ahora no sé, no me imagino con nadie, salvo que no sea él o alguien igualito a él.
No me quejo, con los chicos me ha ido bien. No me quejo, no soy fea, pero tampoco soy tan bonita como para que eso sea lo único ue baste. Por eso me tocó desarrollar una personalidad particular. Algunos dicen que soy un personaje, a otros no les caigo muy bien. Es que soy bullosa y me gusta el alboroto, la guachafita. Eso sí, las mujeres me odian, pero es pura envidia, porque yo estoy para las que sea, porque nunca se me arruga, porque soy bonita, bacana e inteligente, ellas qué, si mucho serán bonitas y bacanas, pero esa falta de criterio y vacío intelectual termina por aburrir a los tipos. O al menos al tipo de chicos que me gustan a mí, esos que se ven un toque sucios, malos e intelectuales, ah, y si tienen el pelo largo, mejor. Aquel chico no era así, se veía un poco rebelde pero de lo otro, nada de eso.
Me gusta mucho caminar por la calle, así truene, llueva o relampaguee. Me gusta mucho la salsa, me encanta bailarla y tengo una obsesión coleccionando todos los clásicos, pero últimamente me gusta mucho una canción de una española que ni idea el nombre, la vaina es la letra, es como igual a mi “no me llames dolores llámame Lola, la que siempre anda sola por Barcelona.” Por supuesto yo no ando por Barcelona, pero si ando sola, muy sola. No es que no tenga amigos, tengo mil conocidos y casi siempre saludo a mucha gente cuando llego a un lugar, pero no es lo mismo, no es lo mismo saludar a alguien que conocerlo, que sentir que llena algún vacío de los muchos que tengo. Hubo alguien que los llenó casi todos, que todavía los llena, pero alguien me dejó, me dejó con la ilusión de llenura pero a la vez tan vacía.
Me gusta llenar esos espacios de ausencia con cosas aun más vacías. He aprendido a engañarme, a sentir efímeros placeres de la más pura banalidad, rumba, drogas, chicos hechizos. A veces no sé si incluir las cosas que escribo en mí larga lista de banalidades, no sé, no sé qué tan trascendente puede ser mi basura alfabética, pero quiero creer que en realidad es muy buena basura.

lunes, 26 de abril de 2010

BIMBÓLIDOS


Me gusta armar los camioncitos que vienen con los panes Bimbo, con ese osito marica que más que ternura me produce lástima.Me gusta verme Harry Potter tres veces en un mismo día sin prestarle mucha atención mientras leo un libro y le robo ideas al autor. Me gusta pensar en muchas cosas a la vez, imaginar que soy una estrella del Rock n´Roll con mi guitarra fucsia, con las piernas largas y flacas (que no tengo) montadas en un amplificador (que probablemente tampoco tendré). Me gusta imaginarme que soy Courtney Love, que tengo mil anfetaminas encima y que mi cabeza está en un lugar diferente a mi cuerpo. Me gusta esa tensión del encierro de un sábado, esas ganas tan berracas de salir. Ya salir no es lo mismo, antes me gustaba más, ahora no me agrada esa sensación de improvización de jazzista barato. Me gusta escribir parecido a un autor que me gusta mucho. Me gusta esa sensación de falsa sabiduría. Me gusta estar sola, sentirme como vuelta mierda. Aunque sea duro, me gusta ese mierdero, sentirme frágil, fragmentada, en una parálisis eterna. No sé, pero se siente vacío cuando se está pleno, hace falta la incertidumbre, hace falta sufrir. Me gusta el vértigo que se siente cuando se hace daño, fumar mucho cigarro hasta que duela la laringe. Me gusta sentir que no tengo nada que hacer, que no pasa nada. Esa espera eterna que me agobia. Me gusta el agobie, inventarme palabras y trensgredir a la RAE. Me gustan las metáforas, las jitanjáforas, las figuras de toda índole, el triángulo (la locura de Cortázar), los circulos. A veces intento imaginarme figaras por fuera de las abstracciones geométricas, colores que no sean derivados de otros y animales que no sean mamíferos, ni reptiles ni anfibios ni peces ni aves.

Los hongos son el mejor techo para escampar del tedioso diluvio que producen las ideas psicorrígidas. Me gusta refugiarme en la frágil y babosa cabeza. Me gusta el absurdo, la incoherencia y la incertidumbre. Ya que la razón no pudo reinar en los indomables pasillos de mi cabeza, bienvenida seas I-Racionalidad. Bienvenido seas Breton.